Todo sentimiento es poético, no todo poema es sentimental.

Hay que romper un poco con esa idea de formalizar los sentimientos.
Las palabras tienen la característica de ser impersonales, de hecho son artificiales. No soy cuidador de palabras, ni amante de ellas.
Por eso, cuaquier palabra que sea creada y movida por el sentimiento, es personal, chevere y verdadera.
Mientras se escriba con la pretensión de ejecutar un oficio, la palabra deja de tener entrañas.
No por eso se puede justificar la falta de seriedad en el expresar de la palabra, así sea dejada sobre un pedazo de servilleta.

Y los que se digan poetas son unos pendejos... No hay poetas, sólo poesía.

Todos, hacemos poesía.

jueves, 8 de julio de 2010

Padre amigo

(No es que seas lo más importante en la vida, eres mi padre y eso basta. Y como una parte de un círculo, que eso eres, una parte, un círculo sin una parte, ya no es círculo.)

Parte mía, guardada
Que desde hace mucho
Crece poderosamente
Como semilla sembrada
En la tierra con calor
En agonía.

Éstas, son tus manos
Sus dedos débiles:
Que fuerza, que violencia
Cuando en su espanto
Se forjan como piedra
Y pelean con fantasmas
Que al choque mudo
Se revientan.

Para hablar de ti
Hay que quedarse callado
Cerrar los ojos
Hasta volverse ciego.

Para juzgarte,
Si se vuelve mi deseo
Empezaría por simplezas:
Entendería satán o
Amaría al nazareno.

No te pongas triste
No es fácil ser padre
Ni tampoco ser humano
Andar en rumbos desconocidos
Ahogarse con el propio aliento
Vivir simplemente
Ser ejemplo,
Nada es fácil.

Llorando a oscuras
Nos preguntamos
Dónde está el mal
Cuál es su naturaleza,
Ni tu ni yo ni nadie
Obtuvo respuesta
Y recorrimos el cielo
El mar entero
Como locos sedientos
Sin alma ni consuelo.

Somos de Marte
Pero fingimos
Y habitamos la tierra.

Y engañando tanto
Resultamos engañados
Que caras las mentiras
Resistimos asustados.

Compañero padre
Estaciones del año
Caleidoscopio
Casa de hormigas
Parque de cri-cri
Rueda
Círculo
Piedra
Soy tu fuerza
Tu recuerdo
Que preservas.

Padre
Amigo
Canto espejo
Eres para mí
Un héroe vivo
Que pelea la batalla
La más grande y honesta
La de sí mismo.

sábado, 15 de mayo de 2010

Otro presagio funesto

Ha comenzado a llover
Oscurece tristemente
Yo no estoy preparado
Algo va a suceder.

Ya es de noche
Pero aun es día
Las calles comienzan a gritar
El barrio esta chillando
¡Mataron a la niña¡
Que nadie por hoy ría
Que no se espantan las mamas
Que los padres no saquen machetes,
Los pañuelos séquense de lágrimas
Séquese el día
Mosca, trasformación, vida.

La tierra absorbió su alma
Se alimentaba de su último aliento
Dócilmente la jalaba
Mientras tres la violaban

Y como oscurece la vela
Se esfumó su ser de esta faz
Su espíritu quedó colgando
En el monte ya no hay hadas
Solo el ataúd de silencio de piedra
Piquetes de pájaros oscuros
Ojos de cemento
El mundo ya no pesa.

Que apresen a todo mundo
Que nos siembren
Que enraicemos,
Nos perdemos.

Un aliento de la niña
Es mi aliento,
Un trozo de esa tierra
Es mi muerte,
Algo de locura
De esos hombres
Es mi razón.

Que enraicemos de nuevo
Para perdonarnos.

martes, 11 de mayo de 2010

Cuento triste en primera persona

Hubo quienes me dijeron -ten cuidado ¡no queremos tener problemas contigo! porque a la chaparrita ya la vimos con otro-. Yo les respondí, instantaneamente como reacciona el corazón, que no se preocuparan, que yo no soy de los que actuan con escandalo; yo actuo silenciosamente, con dolor en el alma. Entonces la seguí amando.

abril/09

domingo, 2 de mayo de 2010

Aguardo antes de irme

Voy a ponerme a hacer un poema
Antes de irme,
A decirme algo para convencerme,
Prometo
No excusarme ni arrepentirme.

Voy a decir tantas cosas
Que al cuarto no le quepa nada más
Para que no sienta que es sobrevivencia,
Que esta se vuelva una dulce penitencia.

Voy a inundar de lágrimas mis pestañas
A hacerme amigo de mis mejillas
A clonarme en lejanas alteridades
Para burlarme de la escuela y sus responsabilidades.

Voy a transformarme en grillo o gato
Y a hablarle a los fantasmas que pasan
Y después de un buen rato
Mistificaré el silencio
Hallaré no una, sino tantas realidades.

Tan simple

El ser humano es versátil, se adapta a cualquier lugar. En cambio, yo soy como una flor, sólo enraízo en un tipo de lugar, a un clima específico y con cierto cuidado. No nací con alas, ni soy ornamento de mostrador, soy simple, y como simple, he crecido en la virginidad alumbradora de la tierra, con el viento de los cerros centinelas y con la luz del sol hecha barrio y sombra.

jueves, 8 de abril de 2010

La placa

Hoy me ha quedado claro, sólo para mí, que no todo acto, no todo suceso que es poético es hermoso. Hoy me ha quedado claro que a veces cuando escribo, me alejo tanto del mundo que suelo equivocarme. El hecho de escribir no siempre es un reencuentro con la vida, a veces se vuelve un alejamiento de todo, un ensimismamiento de uno, un rechazo absurdo de la realidad. Entonces ya no me gusta la idea de seguir escribiendo, pero escribo. No me gusta la idea de escribir, no tengo ni las ganas de hacerlo, es tarde, estoy cansado, pero escribir a veces, como ahora solamente, se vuelve una necesidad. Y por necesidad se mueven el mundo y las hormigas. Hoy mi prima me ha dicho: -hoy quiero hacer otro correo, ya no me gusta el que tengo-, yo pienso que lo debería de hacer, es su gusto. También pienso que la energía que más se siente es la qué más se ve, y la que menos se siente menos se ve y por ella debemos tener fe.
Sigo pensando que toda actividad domestica es poética. También sigo empecinado en que toda acción de albañilería es igualmenete poética. De hecho pienso que hasta esa forma ansiosa de jugar con las manos una moneda, es tan poética como cuando veo a alguien lavar un carro o a otro pintar o a un niño hacer un dibujo. En fin, miro que todo acto es poético, lo veo, lo puedo sentir. La diferencia es, que no todo acto poético es hermoso. Supe, por una casualidad, que unos jóvenes chilenos hace algún tiempo hacían actos poéticos para alimentar su reportorio de experiencias poéticas. Creo que sí hay la necesidad de practicar tales cosas, sólo cuando quieres que te queden bien grabadas, bien cimentadas en tu experiencia. Es decir, no hay tanta necesidad de escribir un poema para hacer poesía, pues es la poesía la que antecede al poema, y con eso a la escritura misma. La teoría que hago ahora mismo, es poco importante, pues qué importa cuando antes de escribir ya había surgido el sentimiento. A veces escribo para trasmitir un sentimiento, para sacarlo de esto que es mi cuerpo, para conocerlo también, pero siempre en ese trayecto de su espontaneidad a su llegada en letras ha perdido tanto sentido. Por eso cuando se quieren decir tantas cosas es mejor darse un beso. Por eso mi padre para mi madre fue el que hizo más que lo que dijo, y en eso le estoy profundamente agradecido a mi madre.
Entonces decía, que no todo acto poético es hermoso. Y lo digo porque hace un momento he salido a la “placa” –un cruce de algunas calles donde pasan las rutas de los camiones y donde están la mayoría de los negociosos de este barrio-, y he visto a alguien llegar en su moto, sacar no sé que cosa de su bolsa y dársela a una muchacha. En esa misma esquina, esta la tienda donde estoy comprando. Yo estoy antes; primero están algunos muchachos, de edad al parecer, menores que yo, comprando no sé que cosas. Después de que llega "el de la moto", se le acercan, le hacen bulla, le piden yerba, o quizás crac, o tal vez coca, o qué sé yo, le piden esas cosas porque buscan en el fondo otras, no lo sé. Nadie es bueno ni malo, sólo heredamos un mundo ya con un movimiento. Antes, el barrio era distinto, las calles cambiaron, las banquetas y las calles se han vestido de almidón de cemento. El barrio cambió. Los que aún lo habitan heredan el ritmo de la cantina “el taliban”, compran algo que eleve, que tranquilice, que emocione, que encienda o que haga olvidar muy rápido. Antes yo era esos que delante de mí, en la tienda, compran. Nos pareciamos sólo en que desprendemos del mismo barrio y somos humanos. Antes mis amigos y yo éramos esos, pero teníamos otro ritmo, pues nosotros habíamos creado “la sociedad del garrote”, que se armaba de todos sus integrantes cuando nuestras madres estaban demasiado buenas para dejarnos quedar hasta tarde en la calle. Nuestro ritmo era distinto y fue hace tan poco. La forma de hacer poesía ahora en la “placa” es muy distinta, tan distinta que ni siquiera saben que la hacen. No soy catador de experiencias ajenas, ni trasformador social, sólo no me gusta esta manera nocturna en como el barrio se mueve, como se ha trasformado. Prefiero la mía y la de mis amigos que ya se han ido de aquí. Con ellos hice tanta poesía sin saberlo. Poesía de agua y de luna, de risa nocturna y viajera.

sábado, 27 de marzo de 2010

El barrio y su risa

Se miraban fijos unos a otros como sorprendidos de lo que estaba pasando. Era la tarde sí, pero a punto estaba de oscurecer. Desde el cuarto, la mayoría de los días, a esas horas se solía escuchar música de tambores, de sonajas y demás instrumentos raros, que a su vez la gente que habitaba las demás casas no comprendían, pero que igualmente sentían una sensación de desconocimiento melódico. Sin embargo, esa tarde fue distinto, los vecinos y demás extraños estaban desconcertados. Comenzó a escucharse la música como la de los demás días, pero cada vez se hacia más intensa; comenzaban entonces a resonar las paredes ante el estruendo de tambores. Aquellos mormullos de cantos de personas se hicieron tan reales, como si atrás de los ladrillos hubiera tantas personas entonando gritos melodiosos. El ritmo era cada vez más candente, ese mismo ritmo que ardía como fuego. Los transeúntes que distraídos pasaban por la calle, sorprendidos, miraban hacia ella, como si sus ojos quisieran también escuchar lo que desde dentro se oía. Comenzó a juntarse la bola, pero a la vez nadie se atrevía a tocar la puerta. En el hogar de al lado, que por cierto, era de una familia numerosa, al principio del ruido no sintió ninguna sospecha, sólo fue que tomaron en cuenta lo que pasaba, cuando la intensidad del sonido comenzaba a ser tan fuerte que ya no podían hablarse normalmente y en vez de ello tenían que gritar para la comunicación cotidiana. En la misma casa había mayores y pequeños, los mayores no hacían más que voltearse a ver los rostros, con una especie de querer tomar las riendas del momento, empero, tan realista era la música, que sentían un leve y misterioso miedo con una extraña incredulidad. El personaje que vivía desde hace un tiempo ahí, era un inquilino de al parecer unos veinticinco años, tranquilo y por momentos demasiado distraído y abstraído en asuntos que se le veía seriamente pensar. No obstante, aún la personalidad tan marcada del hombre, que daba una sensación de rareza, siempre se podía hablar con él, pues para la sorpresa de tantos era demasiado accesible, demasiado amigo de desconocidos. Los de la casa de junto, ya muy inquietos, quisieron irle a tocar y pedirle que le bajara a su música o que le dijera a los integrantes del grupo que había en casa que no tocara tan fuerte. A mi me contaron esa historia, y quien me la contó, a la hora de relatarme la desesperación de los vecinos, decía que a punto de la histeria colectiva, apunto de ello, comenzaron a escuchar. En esta parte es donde yo me detengo, donde me sorprendo al recordar la expresión del rostro de la persona que me ha contado todo. En sus ojos había algo que brillaba, como cuando le brillan los ojos a una persona que dice amar. Le brillaban los ojos, pero no lloraba. Y sin reírse, se dibujaba un contorno más extenso con sus labios estirados, como si a punto de la carcajada se arrepintiera, y mejor decidiera quedarse en ese letargo de placer. Cuando relataba aquello, cuando me explicaba la música, no podía hilar bien las frases, a penas podía sacarlas de su boca. Todo eso, toda esa sensación que se expandió y que me tocó, me hace imaginar la música. Dice que era de tambores, y que eran tantos y de tantos tonos, que parecía un piano y no tambores lo que se escuchaba. También se escuchaban sonajas, que podían arrullar hasta un toro y hacerlo dormir hasta pararle el corazón. Pero lo más impresionante, lo más increíble, eran las voces, los cantos hechos murmullos angelicales. Se escuchaban murmullos de niños, murmullos suaves, y se escuchaban murmullos de adultos. Las voces daban la sensación de estar escuchando colores, más que voces. Por eso mismo, cuando los vecinos sintieron la desesperación y las ganas de ir a pedir que se callara, se contuvieron silenciosamente, y dejaron que cada uno, sin palabras, sintiera lo que ahí pasaba. No sólo los vecinos, sino la gente de la calle quitaron esa cara de asombro y comenzaron a escuchar, a disfrutar la música. Yo rememoro en mis cavilaciones aquella zona en aquellos tiempos, y no puedo decir que fuera de grandes bailadores, más bien la gente de ahí era gente común, que se le veía ir y venir con el transito de la ciudad. No había nada de especial en ese barrio. Y mientras tanto, dentro de la casa, sonaba la música, no paraba, con más ritmo cada vez, con una especie de redobles de tambor que hacían mover los pies de la gente: tum tum tum tum, tum! Y seguía sonando. Dicen que esa tarde fue la locura, que los niños de pronto comenzaron a bailar, y los mayores, inundados por una especie de felicidad evocadora, comenzaron también a bailar. Aquel ritmo cadencioso y mágico envicio el barrio, lo alejó aunque sea por unos momentos de su prejuicio, lo arrastró hacia no sé qué lugar lejos de la exigencia que da nuestra propia naturaleza artificial. Por un momento, todos bailaban; los que estaban descansando descansaron de pie, moviendo los pies; las mujeres movían sus caderas; era el momento de inventar pasos que renombrara el ritmo; era el instante que nadie, absolutamente nadie se ocupaba del reloj, o de lo que tenía que hacer; la gente comenzó a ser el mismo momento. Todos eran lo mismo -todos somos lo mismo-, como agua y piedras, como madera, como grillos en forma de una alargada estela. Los más viejos, aprovecharon el ritmo como ellos sólo lo saben hacer y también lo hicieron suyo. Una pareja de ancianos que desde hace ya mucho tiempo se habían quedado solos y que sólo se les veía sentados mirando el televisor, estaban afuera de casa, al otro lado de la calle: la doña tomaba de la mano a su esposo que sumido en su silla de ruedas reía con el crisol de luz que la luna arrojaba ya sobre sus cuerpos, mientras que la señora con los pies en el mismo lugar movía lentamente las caderas, como desempolvándolas, como si las hiciera recordar viejos tiempos, y las caderas poco a poco fueran recordando con su leve movimiento. Ella miró profundamente a su pareja, como miran los ambivalentes de corazón y le dijo “ay, te acuerdas”. Los niños pegaban saltos por doquier, se reían a carcajadas, y de pronto como si un chinampín explotara a sus espaldas, salían corriendo hacia otro lado solo para regresar al mismo. Los movimientos eran tan graciosos, y todo aquel relajo tenía tan poco sentido, porque no había necesidad de que lo tuviera -y son pocos los sentidos que hay en realidad y que bueno que así sea-, que todos se olvidaban del mañana. Todo se movía con el movimiento, todos tenían la capacidad de ansiar piñatas como cuando niños, todos eran como niños, el barrio dejo de ser el mismo para siempre y se olvidó de su asfalto, de su memoria de plomo, de su coraza de tiempo. La música paró de repente, entre tres o cuatro toquidos de tambor, ¡tacataca pum tacataca pum!, se escucho y paró, y todos reían, todos animados seguían; se había incrustado en sus corazones -que no es lo mismo que decir mente, cerebro o psique- algo que los hizo más simples, algo que les quito menos peso por el resto de sus vidas. Entonces, cada uno, cada dos o tres al mismo tiempo recuperaban la idea del mundo, cada uno recuperaba la exigencia de la duda, unos ya tenían hambre y otros adquirieron el veloz tiempo: todos hablaban y festejaban. Comenzaban a llenar de palabras lo ocurrido, pero sólo hubo uno de los de afuera que se atrevió por fin a tocar la puerta. De adentro se escucho la voz del joven que grito: ¡Aquí no hay nadie, sólo estoy bailando con ustedes! Entonces hubo otra persona más, que respondió: “¡Quién toca ahí adentro, invítanos a pasar! Finiquitó diciendo: “Ya les dije que sólo están ustedes, la música es de ustedes y ya están dentro”.